lunes, 30 de enero de 2012

Teatro, Cine e Identidad. Pensar la cultura en la Bolivia actual


 Entrevista realizada por Viola Vento. Actriz y Estudiante de antropología (La Paz, 30/01/2012).
1. Cuales aspectos del abigarramiento de la sociedad boliviana de hoy, te parecen más interesantes de un punto de vista antropológico?
Desde mi punto de vista, aquellos aspectos que son de carácter más creativo y poiético (no sólo poético); esto es, aquellos que ponen en evidencia la capacidad de la sociedad –una que ha vivido y aún vive profundas injusticias y marginación del colonialismo interno–, de producir, inventar, re-inventar su realidad. Por mi perfil artístico, me intereso mucho por las maneras en que la gente consigue hacerle ‘juegos de cintura’ a su condición de clase, culturalmente entender y resolver su vida.
En tal situación, a pesar de su complejidad y de los antecedentes históricos y políticos que la marcan, creo que la condición de abigarramiento de la sociedad boliviana no debe ser necesariamente algo negativo. Cuando pienso en ello, pienso también en la figura del caleidoscopio, donde tenemos un juego de sobreposición y mezcla de colores, a partir de la cual entiendo que, sin necesidad de sufrir formas patológicas de esquizofrenia, las personas juegan dinámica y lúdicamente con sus identidades para lograr la gestión de sus vidas, en cada uno de los perfiles que necesitan desempeñar.
2. En el gobierno de Evo Morales, ¿se percibe una mayor libertad cultural o más bien una “hegemonía aymara”?
A pesar de que este gobierno ha logrado muchas cosas que antes era casi imposible pensar, principalmente en desbaratar que sólo ciertas familias de clase alta manejen el país a su antojo y que la injusticia se campee impune por todo el territorio nacional, yo no creo que las ‘libertades culturales’ se deban o dependan de la gestión estatal y mucho menos de un gobierno. Por lo tanto, creo que este es un campo de gestión muy propio y autónomo de las personas, grupos, sociedades.
Ahora, si bien es cierto que en esta línea, el gobierno actual ha venido ‘enarbolando la bandera de lo propio’ como una plataforma de trabajo, también es cierto que gran parte de sus esfuerzos se está concentrando sólo en algunos ‘retazos’ de la cultura, mostrando quizás mayor interés en construir una industria cultural local y el binomio cultura-turismo. Vemos por ejemplo que, estando en el gobierno, ciertos sectores de la sociedad se han visto empoderados en este sentido, y acaban fortaleciendo y priorizando expresiones culturales de gran envergadura, como son el Carnaval de Oruro y el Gran Poder. Sin embargo, vemos que el horizonte muchas veces es trabajar sólo con versiones folklóricas de las culturas. Muchas veces siento que todavía se trabaja sólo desde la nostalgia de un ‘pasado glorioso’ (prehispánico), y no tanto con las culturas vivas de la actualidad.
En otra parte decía lo siguiente: no cabe duda de la importancia histórica y cultural de las tradiciones. Su creación y reproducción son mecanismos que nos permiten mantener vivas las fronteras identitarias que nos distinguen unos con otros, identidades que nos generan identificación y una fuerte sensación de grupo, de clase, incluso de nación. Sin embargo, actualmente pareciera que tendemos a mostrar, ver, estudiar y discutir sólo eso; como si nos inspiraran sólo los remanente culturales de nuestra historia, sólo los elementos que, luego de la colonia, han logrado mantenerse con el paso de los años. Me refiero a algo así como una cierta nostalgia del pasado que procura mostrar a las culturas como algo estático e inmutable.
Me parece que muchas veces hacemos de cuenta que la cultura no trajera consigo conflictos y contradicciones entre nosotros mismos. Como si todos estuviésemos de acuerdo en la forma como debe ser nuestra cultura. Como si los préstamos, apropiaciones, negociaciones, relecturas y reinvenciones culturales no generaran conflictos y contradicciones internas. Y tendemos a olvidar que en el ámbito de la cultura, los conflictos no son necesariamente algo negativo. Desde mi punto de vista, los conflictos y las contradicciones son un motor fundamental para las dinámicas culturales. Esto tiene mucho que ver con la paradoja, que siento que es otro de los motores fundamentales de una cultura-sociedad abigarrada.
Por eso intuyo que el desafío es descubrir la manera en que todos los sectores de la sociedad, jóvenes y ancianos, urbanos y rurales, hombre y mujeres, aprendan unos de otros. Un intercambio ya no sólo cultural, sino que también es generacional, de clase, de género, de visión. Esto, por supuesto, tiene que ver con la posibilidad de que construyamos nuestras identidades ya no tanto a partir de antiguos rasgos ancestrales, míticos y tradicionales, o sólo de los traumas de la dictadura y la lucha de clases, sino también de aquellas cosas que nuestros hijos están aprendiendo y viviendo en estos tiempos. Dicho de otro modo, hablo de construir tradiciones también aprendiendo de nuestros hijos.
Con ello no estoy diciendo que debamos reemplazar y substituir nuestras tradiciones por las innovaciones o por lo ajeno, sino que me refiero a un diálogo justo entre los motores contradictorios de la cultura: la permanencia y la innovación, la memoria y visión.
Muchos bolivianos estamos atentos a cómo este gobierno resuelve estos desafíos, lo cual, innegablemente tiene que ver con el Poder. Si históricamente consigues invertir el acceso al poder en favor de quienes antes no lo tenían, fácilmente esa inversión puede convertirse en un nuevo problema de poder. Entonces, si este nuevo horizonte que nos invita a mirarnos más hacia adentro, no está bien gestionado, puede convertirse en otra forma de ‘ceguera’, de intolerancia y de negación de la diferencia.
Tal vez por eso hoy e día estamos atentos a las nuevas élites aymaras que, aunque existieron desde hace mucho, ahora están más vinculadas al poder. Así, es posible que en el ‘tablero de juego’, el mundo aymara ha cobrado mayor protagonismo en el país, para bien o para mal, mostrando líderes y pensadores muy visionarios y, al mismo tiempo, sujetos muy corruptos y dogmáticos; mostrando sectores deprimidos que ahora están más beneficiados con servicios básicos y participación en la toma de decisiones, pero al mismo tiempo, muestran una desmedida pugna interna por oportunidades que puedan satisfacer sólo intereses sectoriales o gremiales (la problemática del TIPNIS es prueba de ello).
Ahora, esta nueva condición se enfrenta con una misma disyuntiva histórica: propiciar un gobierno de todos. Por eso, creo que la respuesta no está en una forma particular de Estado, sino en la gestión autónoma de las personas, de los grupos, de sus movimientos sociales, lo cual puede significar una forma de dilución del Estado como aparato.
Con todo, quiero pensar que, en la actualidad, los discursos oficiales culturalistas pueden ser una oportunidad para la construcción interna y el debate de una mayor tolerancia e interculturalidad.
3. En las dos películas La Nación Clandestina y ¿Quién mató a la llamita blanca? hay dos diferentes visiones de la relación Bolivia - identidad cultural, ¿en cuál te reconoces más? ¿Crees que son diferentes porqué se relacionen a dos momentos históricos distintos?
No sé si en este caso, la cuestión sea ‘con cuál me reconozco’, porque de ser así, me reconozco en ambas producciones. Creo que la cuestión es: qué ‘miradas’ –como las del cine– son necesarias en la actualidad, y ahí, con todas sus limitaciones narrativas y de producción, el trabajo de Bellot y su equipo de estudiantes, han logrado poner en escena los perfiles paradójicos de las relaciones interculturales en este país. Desde un humor negro (que puede incluso bordear lo pintoresco y grotesco), siento como que ellos consiguen refrescar la importancia que tiene el poder reírnos de nosotros mismos y no sentirnos tan importantes por nuestra condición histórica como nación. Al contrario, Sanjinés siempre apuntó –y lo continúa haciendo– al apelo de una conciencia política que no deja de estar impregnada de los dolores de la dictadura, la persecución política y el exilio. Algo que hoy en día corre el riesgo –aunque no tan fácilmente– de ser leído sólo como el apelo a lo ‘políticamente correcto’, que puede terminar siendo algo muy forzado y desgastado si es que no se refresca contrastándose con otras ‘parcelas’ de la realidad.
Interesante es que lo que las une a ambas es que presentan el tema de los viajes, los desplazamientos y la subsecuente transición de una a otra identidad en los sujetos, lo cual ocurre de acuerdo al contexto, las necesidades, la interpelación e interacción, y ciertamente, la búsqueda interminable del yo. En algunos casos vemos cómo eso parte de y/o se desenlaza en una tragedia y, en otros, en lo cómico y paradójico.
Con todo, creo que son películas que se diferencian no sólo porque pertenecen a dos épocas históricas distintas, sino porque son dos miradas distintas, no sólo de las identidades sino también del país mismo. Ambas igual de válidas y necesarias.
4. ¿Como evalúas la posibilidad de hablar de dinámicas trágicas y cómicas respecto a la identidad cultural?
Esta comparación me encanta, porque observo que la cultura es un campo de puestas en escena, de instalaciones y de constante representación. Eso me permite descubrir no sólo la capacidad creativa y poiética de las sociedades, principalmente en el juego de identidades (de acuerdo a con quién interactúo, dónde y para qué lo hago, asumo todo el tiempo diferentes identidades), sino también el hecho de que nuestros procesos identitarios parecieran oscilar entre lo trágico –lo inmutable del destino–, y lo cómico –las transgresión, la farsa, la invención, la innovación y la parodia. Antiguamente, la antropología tendía a mirar las identidades como algo estático y esencial que define inmutablemente a un sujeto o grupo, o como algo problemático que bordea la anomia dado que es contradictorio. Yo siento que lo fundamental de la identidad, es justamente su sentido teatral, cuyo carácter poiético le otorga una cualidad dinámica en la constitución de los individuos.

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